La operación llega a su fin: Felipe González y los diecisiete barones han conseguido cerrar el paso tanto a los antisistema como a los separatistas. El golpe de Estado contra la voluntad de la mayoría de la sociedad española (el PP y C’s sumaron 11.029.954 votos frente a los 12.055.883 del PSOE, Podemos-IU-EQUO y los partidos nacionalistas) ha sido tan burdo, que en realidad no valdría la pena seguir intentando abrir los ojos a aquellos que aún no quieran ver. Algunos lo han llamado “el gran tamayazo”, recordándonos como el transfuguismo de dos parlamentarios del PSOE en la Comunidad de Madrid dio allí el poder al PP en el año 2003.

Ha sido todo tan explícito que cuando, en la noche anterior a la dimisión de Pedro Sánchez, fue publicada en mallorcadiario.com la primera parte de este artículo, ni se me pasó siquiera por la mente la necesidad de ninguna segunda parte de él. Pero hay un hecho que compruebo reiteradamente y que me parece que justifica el volver a fundamentar más detenidamente algunas de mis afirmaciones de la semana pasada, en especial aquellas que se refieren a la tutela de la Transición española por los grandes poderes financieros estadounidenses.

Me estoy refiriendo al hecho de que es demasiado numeroso un determinado tipo de personas que creen estar muy bien informadas a pesar de que (en un mundo tan complejo y de tantos oscuros intereses como es el nuestro) no dedican ni el menor tiempo a informarse a través de fuentes independientes y veraces. ¡Leen cada día, según dicen, El País o Le Monde!, ¡e incluso algunos de ellos leen otros diarios más!. Hasta se consideran a sí mismos como personas progresistas. E incluso se permiten, con un juicio rápido y fácil, el mirar con displicencia y “tolerancia” a quienes ellos consideran un poco o un mucho conspiranoicos. Es la faceta más narcisista, elitista y desagradable de una especie de gauche divine. Es curioso que las palabras más duras que he oído en boca de una persona tan pacífica y generosa como nuestro amigo Adolfo Pérez Esquivel no hayan sido contra sus torturadores sino que se refiriesen a este tipo de comportamientos: “¡Qué problema tenemos con la soberbia de los mediocres!”. En el mundo del budismo y del zen se suele considerar a esta soberbia ignorante como la peor de todas las ignorancias, “la ignorancia venenosa”.

En todo caso, voy ya a intentar documentar un poco más algunos hechos de nuestra historia reciente, proyectando sobre ellos algo de luz y atención. Probablemente el entender ese pasado reciente sea la mejor manera de estar alerta sobre la más que probable intervención silenciada de esos mismos poderes (para los que Felipe, el dios, trabaja) en los actuales acontecimientos de la política española. Y probablemente sea también la mejor manera de que no nos engañen de nuevo, haciendo que depositemos la responsabilidad última de cuanto está sucediendo en unos actores que tan solo juegan un papel secundario. Aunque actualmente son ya los hombres y las instituciones de la Unión Europea, como el Banco Central Europeo, controladas por esas élites financieras estadounidenses, las que hacen la mayor parte del trabajo.

Es mucha la información que ha ido apareciendo sobre tales hechos de nuestra historia reciente. Pero a fin de no alargarme en demasía me centraré en el testimonio del general Manuel Fernández-Monzón. Me centraré en su testimonio a pesar de la gran valoración que manifiesta hacia Felipe González. Valoración que, viniendo del mismo núcleo del régimen franquista, es ya muy reveladora sobre quien se esconde en realidad tras la máscara con la que Felipe González oculta desde siempre su verdadera personalidad. A lo largo de estos últimos años, gracias a mi participación en la causa Ruanda-Congo que instruye el juez Fernando Andreu en la Audiencia Nacional, he aprendido que la información más relevante suele venir de aquellos que, arrepentidos o no, participaron activamente en los hechos juzgados. Así también, hace unas semanas recogí en mis artículos el testimonio de los culpables del asesinato de Patrice Lumumba, criminales que no se arrepienten en absoluto de lo que hicieron pero que nos proporcionan una valiosa información.

Hecha esta aclaración, analicemos el testimonio de este general que en unos momentos decisivos de la Transición jugó un papel clave de enlace entre el Gobierno español del franquista Luis Carrero Blanco y el Gobierno estadounidense (ocupando siempre en él un rol clave Henry Kissinger, el hombre de confianza de David Rockefeller), sin olvidar al BND alemán. Tanto en su libro El sueño de la transición. Los militares y los servicios de inteligencia que la hicieron posible, así como en otras muchas ocasiones, el testimonio de Manuel Fernández-Monzón no puede ser más claro: “No es verdad lo que se ha dicho de la Transición, como eso de que el rey fue el motor. Ni Suárez ni él fueron motores de nada, sólo piezas importantes de un plan concebido al otro lado del Atlántico. Todo estuvo diseñado por la Secretaría de Estado y la CIA”.

Una serie de miembros del ejército y de los servicios secretos contactados por los servicios secretos estadounidenses habrían sido los verdaderos artífices de la Transición. Es decir, hablamos de un papel mucho más profundo aún de estos que el de ser garantes de la unidad de España, papel que la Constitución les atribuye. “Para entender la realidad de Suárez y de la Transición hay que entender primero la  preTransición. Y en la película de la Transición, el rey y su presidente de gobierno Adolfo Suárez, fueron los magníficos actores protagonistas, pero no fueron en absoluto ni autores del guion, ni los productores, ni los directores […]. El guion se produjo, se diseñó, se elaboró y se concretó hasta el más mínimo detalle a partir del 27 de febrero de 1971, cuando visitó España el general Vernon Walters como embajador volante del presidente de los Estados Unidos, Richard Nixon”.

También según este general, fue el mismo Luis Carrero Blanco el que jugó un papel decisivo para que Willy Brandt aceptara al PSOE del interior como partido oficial en la Internacional Socialista,  y no al PSOE histórico que encabezaba Rodolfo Llopis en el exterior. Es por este motivo por el que Isidoro, el hombre elegido en aquella operación para liderar el partido socialista de nueva creación, era intocable por la policía española. A diferencia de los miembros de la verdadera oposición a la dictadura, se podía mover con total libertad.

Por otra parte, los contactos directos de Felipe González no ya con los intermediarios políticos y de la “inteligencia” más secreta sino con el mismo David Rockefeller, las élites globalistas y sus clubes privados, así como los múltiples escritos del mismo Felipe González en defensa del Nuevo Orden Mundial que pretenden estas gentes, han sido tan numerosos, que no caben en este artículo sino que exigirían un tratamiento en exclusiva. De modo semejante, tan solo cabe apuntar aquí el papel decisivo de la diplomacia y los servicios secretos estadounidenses en la defenestración de todos aquellos que, como Adolfo Suarez, eran “demasiado” autónomos respecto a los intereses y el proyecto atlantistas. Aquellos que “a la francesa”, al estilo del general Charles De Gaulle, se permitían unas moderadas veleidades de independencia respecto al atlantismo puro y duro.

En cuanto al asesinato de Luís Carrero Blanco, tampoco cabe aquí otra cosa que apuntar el probable papel decisivo de esos mismos servicios secretos estadounidenses (servicios secretos que estaban convencidos de que con él habría inestabilidad social y política, y que estaban preocupados por el posible ascenso del Partido Comunista de España), como hasta el mismo general Manuel Fernández-Monzón ha insinuado a veces. El telegrama confidencial nº 700, de principios de enero de 1971 dirigido al Secretario de Estado estadounidense desde la embajada norteamericana en Madrid indicaba el objetivo: “El mejor resultado que puede surgir sería la desaparición de Carrero Blanco”. Pero todo esto nos llevaría ya demasiado lejos, nos llevaría incluso a la misteriosa y poderosa red terrorista de la OTAN, la red Gladio, red que desde hace muchas décadas se ha ocupado de erradicar cualquier atisbo de comunismo en Europa.