La lectura del auto emitido por el juez Fernando Andreu Merelles el 6 de febrero de 2008 (se puede encontrar en la parte inferior de la portada de la página www.l-hora.org/2/) es seguramente el mejor modo de conocer todo lo relacionado con los más recientes crímenes políticos cometidos en el África Central. Crímenes a los que me referí en la primera parte de este mismo artículo. Crímenes que dejan en evidencia que tras la caída de Mobutu Sese Seko en 1997 tampoco podemos hablar de un Congo verdaderamente independiente. Se trata de un auto demoledor de demasiadas mentiras oficiales, un auto por eso mismo ninguneado y silenciado por los grandes medios occidentales e incluso por las grandes ONG anglosajonas para los derechos humanos y la democracia (lo cual confirma plenamente lo que nos manifestó en 1999 en New York el antiguo attorney general estadounidense Ramsey Clark sobre la complicidad de estas grandes ONG en el proyecto anglosajón de remodelación del África Central).

Son unos crímenes de una magnitud muy superior a los cometidos por nuestro mundo “civilizado” en el inicio mismo de la independencia del “salvaje” Congo Belga, pero son demasiado recientes aún para poder ser reconocidos por sus responsables sin que tal reconocimiento tenga consecuencias indeseables. ¡Ya serán reconocidos cuando hayan pasado unas décadas más! Son unos crímenes tras los cuales está de nuevo la mano de Estados Unidos, asistida otra vez por aliados como Bélgica, tal y como ocurrió ya en 1960. Son unos crímenes en los que también ha sido clave, como lo fue entonces, la manipulación de la ONU por parte de esa misma potencia hegemónica. Es impresionante cómo han sido silenciadas, por ejemplo, las denuncias del secretario general de la ONU Butros Butros-Ghali sobre la responsabilidad estadounidense en el genocidio ruandés. Su falta de docilidad a las directrices imperiales le costó su no reelección en el cargo. Robin Philpot lo recuerda en su libro Ça ne s´est passé comme ça à Kigali (página 105):

“Fue el comportamiento de Estados Unidos en el Consejo de Seguridad entre el 6 de abril y mediados de julio de 1994 el que llevó al antiguo secretario general de la ONU a declarar en 1998 que la responsabilidad del genocidio ruandés era 100% norteamericana. En noviembre de 2002, Boutros Boutros Ghali me precisó su pensamiento: ‘La responsabilidad fue norteamericana, con la ayuda del Reino Unido, pero también existió pasividad por parte de otros Estados. En la actualidad, cuando se denuncia el unilateralismo de Estados Unidos, se dice la verdad: es una superpotencia. Pero al lado de esta superpotencia también existe la abdicación y la resignación de otros Estados’.”

Se trata de una gran y criminal operación geoestratégica cuyo objetivo último no ha sido otro que el control de la portentosa abundancia de materias primas existente en la República Democrática del Congo, desbancando de su liderazgo en aquella región a la Francia de François Mitterrand e impidiendo al mismo tiempo el acceso a dichos recursos por parte de China. Se trata de unos crímenes entre los que destacan los de cuatro presidentes: el burundés Melchior Ndadaye el 21 de octubre de 1993, el ruandés Juvénal Habyarimana así como el burundés Cyprien Ntaryamira el 6 de abril de 1994 y el congolés Laurent-Désiré Kabila el 17 de enero de 2001.

Es imposible en un artículo de opinión como este el explicar mínimamente las claves de cada uno de estos magnicidios: explicar cómo forman parte (al igual que el asesinato de Patrice Lumumba el 17 de enero de 1961) de unas mismas estrategias estadounidenses (cuyo objetivo fue siempre el control de los extraordinarios recursos del Congo) y de un mismo proyecto hegemónico (que implica el impedir la emergencia de nuevas potencias que hagan peligrar tal hegemonía). En 1960 el Gobierno belga, liderado por el primer ministro Gaston Eyskens, en estrecha colaboración con Estados Unidos, apoyó –o más bien generó- la rebelión de Moise Tshombe y el “gobierno” separatista de Katanga. Tal “rebelión” fue el inicio de la operación para el derribo del Gobierno de Patrice Lumumba.

Todo lo cual es bien semejante a lo que fue provocado en 1990, esta vez con liderazgo estadounidense y la colaboración belga: la “rebelión” del Frente Patriótico Ruandés (en realidad una sangrienta agresión internacional a Ruanda desde la vecina Uganda) liderado por el criminal Paul Kagame (formado en las escuelas militares de Estados Unidos) fue el comienzo del fin del Gobierno de Juvénal Habyarimana. Un gobierno que se había negado a someterse a las pretensiones estadounidenses de convertir a Ruanda (junto a Uganda y Burundi) en la base de operaciones para la futura conquista del Zaire, el antiguo Congo Belga sometido durante décadas, tras el asesinato de Patrice Lumumba, a la mano de hierro de Mobutu.

Me limitaré, por tanto, a exponer solo una importante clave sobre el último de estos magnicidios. A partir de febrero de 2005, decenas de testigos (varios de los cuales formaron parte del núcleo mismo del FPR) fueron declarando ante el juez Fernando Andreu en la Audiencia Nacional. En las más relevantes de estas declaraciones estuve físicamente presente, dada mi condición de promotor de esta querella, acompañando a nuestro abogado y representante legal Jordi Palou Loverdos. Uno de dichos testigos, alto cargo del FPR, confesó que fue el mismo quien pagó a los dos miembros del comando que asesinó al asesino del presidente Kabila. Paul Kagame cortaba así por lo sano toda posibilidad de que la justicia se remontase hasta su responsabilidad última en tal magnicidio.

El testigo se refirió también al motivo del magnicidio: Laurent-Désiré Kabila estaba firmando importantes contratos comerciales con China. Lo cual fue confirmado públicamente de modo descarado unos años después cuando el ruandés Laurent Nkunda, líder de una de estas muchas “rebeliones” (sus revueltas provocaron incontables muertes, violaciones y el desplazamiento de 250.000 personas), se sentó en la mesa de las negociaciones frente al representante de la ONU: la primera de sus exigencias consistía en que el Gobierno del Congo rescindiese los contratos firmados con China. Muchos se preguntaron entonces: ¿pero tales “rebeldes” no venían declarando que el objetivo de su levantamiento no era otro que el de prevenir ataques a Ruanda por parte de los supuestos genocidas hutus de las FDLR (de las que parece que soy el principal financiador)?