Extracto del libro “La hora de los grandes filántropos” de Joan Carrero

pp. 408-409

A continuación, tras despachar expeditivamente el caso de las organizaciones “católicas” europeas financiadoras de los genocidas, Nicole Thibon se dedica a presentar una versión de la Iglesia ruandesa, no solo calumniosa y denigrante sino directamente criminal, ya que la criminaliza y la pone en la diana de un Régimen, este sí, auténticamente criminal. Enunciaré solo algunas falsedades de su análisis:

  • Presenta a una Iglesia enfrentada desde el inicio con los tutsis y cómplice de los hutus. Pero nada más absurdo que semejante afirmación: cuando el suizo André Perraudin fue nombrado vicario apostólico el 19 de diciembre de 1955 y ordenado obispo el 25 de marzo de 1956, casi todos los seminaristas eran tutsis. Como explicó el mismo Monseñor Perraudin, fue precisamente el choque con la sorprendente realidad de ese elitismo eclesiástico tutsi en un país en el que los hutus constituían más del 80% de la población, el que le provocó una honda reflexión e inspiró su famosa Carta pastoral sobre la Caridad del 11 de febrero de 1959 (https://www.l-hora.org/4/histoire_383608.html) carta a la que Thibon acusará de haber incitado al genocidio. La realidad vivida desde la llegada a Ruanda en 1900 de los primeros misioneros, los Padres Blancos, hasta la llegada de André Perraudin, fue muy diferente, más bien la opuesta, a la proclamada por Nicole Thibon. En líneas generales, la Iglesia buscó hasta 1955, lejos del estilo de Jesús de Nazaret, la colaboración con la élite tutsi (para lograr la adhesión del pueblo mediante la conquista de la nobleza) y la conversión de la realeza (a fin de que el pueblo la siguiese en el rito del bautismo). Es posible que el primer prelado, Jean-Joseph Hirth (1900-1922), fuese forzado a buscar la alianza con la élite real por las presiones y los manejos de esta misma. Sin embargo su sucesor, Léon Classe (1922-1945), buscó decididamente el estrechar alianzas con la realeza tutsi. Pero incluso ya en 1907, el regente del niño-rey Musinga, su tío Kabare, que era quien verdaderamente ostentaba el poder, había animado a los jóvenes tutsis a entrar en el catecumenado y en las escuelas. La respuesta fue masiva, de modo que se convirtieron en los catecúmenos y alumnos más numerosos y con más celo. Léon Classe, hasta estaba convencido de que por medio de los tutsis se podrían realizar grandes conquistas para Cristo más allá de Ruanda. E incluso lo creía también, ya antes que él, un gran antiesclavista, el cardenal fundador de los Padres Blancos Charles Martial Lavigerie. Cardenal que en 1888, en París, lanzaba un llamamiento al mundo contra el tráfico de esclavos, recordando que lo que ocurría en África era mucho más terrible aun que lo que sucedía en América. Sin embargo, esté gran hombre también pensaba que una vez convertido el monarca tutsi no solo se podría alcanzar la conversión de todo el pueblo ruandés sino que incluso se podría irradiar el cristianismo a todo el continente desde este centro en el corazón de África. Para lo cual estaba dispuesto a que un cierto número de soldados cristianos sostuviesen al monarca. Independientemente de la valoración que se haga de semejante proyecto, se impone por sí sola una conclusión que no puedo dejar de hacer en este momento: la versión victimista de su relación con la Iglesia, que el FPR pretende vender al mundo, es pura propaganda. No pretende otra cosa que criminalizar a quienes un día podrían hacer peligrar su control del poder: la élite intelectual hutu, dentro de la cual el clero es un sector fundamental. Fue únicamente en el momento en que la Iglesia empezó a tomar posiciones mucho más evangélicas cuando se fue convirtiendo en la gran enemiga de las élites tutsis. James K. Gasana, ministro ruandés de Defensa desde el 16 de abril de 1992 al 18 de julio de 1993, considerado por todos como un verdadero moderado, lo explica muy bien en el último capítulo de su fundamentada obra Rwanda: du Parti-Etat à l’Etat-Garnison: [2]

¿Cómo imaginarse que, cuando hay una lucha por el poder, con recurso al instrumento étnico, el clero no sea una baza importante? ¿Es un azar si los tutsis constituyen el 67% del clero católico y el 90% de los Hermanos Josefinos, la congregación masculina más importante del país? […] El asesinato [llevado a cabo por el FPR] de los [tres] obispos católicos en Kabgayi marca el inicio de un intenso esfuerzo por denigrar a la Iglesia. Este ejercicio se inscribe en una revisión de la historia de Ruanda, cuyo objetivo es decir que el genocidio tutsi fue preparado durante decenas de años, y que la Iglesia católica, presentada como instrumento de la colonización belga, ha contribuido a su preparación. Así pues, esta Iglesia paga, no su apoyo sin reservas a la élite tutsi durante la Administración colonial belga, sino el viraje que dio, a finales de los años cincuenta, hacia un compromiso social en favor de los ruandeses pobres, hutus y tutsis, oprimidos por la monarquía feudal. Fue en esa época cuando comenzó a tener en cuenta las exigencias del Evangelio en el terreno de la justicia social. Adoptó, además, un enfoque social que le daba la fuerza para señalar a la injusticia por su nombre.

Se equivocan quienes pretendan interpretar este viraje de la Iglesia ruandesa solo o principalmente en clave de intereses locales o coloniales espurios: se trató de un movimiento realmente renovador de la Iglesia universal. Eran los años del entrañable papa Juan XXIII (1958-1963) y del retorno a las fuentes evangélicas promovido por el Concilio Vaticano II. A esto se sumó la circunstancia de que la Iglesia de Ruanda tuviese la fortuna de que un vicario apostólico en esa línea renovadora, André Perraudin, tomase posesión de su cargo en 1956 e intentase en los años siguientes esa renovación evangélica.