La marcha triunfal de Donald Trump, en las primarias republicanas, ha alarmado a buena parte de la ciudadanía estadounidense, de los mismos republicanos y de la gente progresista de todo el mundo. ¿Como es posible que un personaje que acumula tantos defectos personales y de extremismo político sea nominado para disputar las elecciones generales a la presidencia del país más poderoso de la tierra y quién sabe si las ganará?

Tal posibilidad toma fuerza a medida que pasa el tiempo. En muchos colectivos, especialmente entre los inmigrantes, cada vez hay más preocupación por un hipotético triunfo de Trump.

Pero, ¿y nosotros, súbditos de las colonias del imperio, como afectaría a nuestras vidas el triunfo de Trump? Sinceramente, y sé que con esta afirmación escandalitzaré a algún lector, es difícil que la política exterior de Trump sea peor que la de Obama y mucho más cuando el consejero de Trump en política exterior es el general Flyn, contrario a utilizar a los fanáticos del Estado Islámico en Irak y Siria, como ha hecho la Casa Blanca.

Recordemos que, al poco tiempo de que Obama fuera proclamado presidente, le fue concedido el Premio Nobel de la Paz, sólo para anunciar las intenciones de reducir el armamento nuclear. La elección de Obama, además, fue recibida con euforia en todo el continente africano. Finalmente «uno de los suyos» ayudaría a combatir la explotación de los recursos naturales y a extender la democracia por toda África. Ocho años más tarde, el balance no puede ser más desolador: más dictaduras, como la de Costa de Marfil; más apoyo a dictadores, como Kagame, que hace cinco años que tiene encarcelada a la líder de la oposición ruandesa, Victoire Ingabire, la nueva Mandela africana; más explotación de los recursos naturales; más violencia… Por no hablar de los asesinatos selectivos con aviones no tripulados, los temibles «drones», que con sus efectos colaterales han creado más integristas islámicos que todos los imanes más radicales juntos.

¿Y qué decir de la política en Oriente Medio? Primero fue Libia, desestabilizada mediante una «oposición democrática» de mercenarios integristas. A continuación, el conflicto se exportó a Siria, con un Estado Islámico formado, financiado y armado por Estados Unidos y sus aliados, que se ha convertido en la primera amenaza mundial. Países laicos, que tenían el mayor crecimiento económico de la zona y donde las mujeres estaban en un proceso de liberación, como Irak, Libia y Siria, han sido convertidos en estados fallidos y se ha provocado la tragedia humanitaria más grande desde la Segunda Guerra Mundial en forma de guerras y de millones de personas que buscan refugio en una Europa que les cierra las puertas.

Por no hablar del golpe de Estado impulsado en Ucrania, que ha propiciado que los pronazis hayan subido al gobierno de ese país.

Contra Bush nos manifestamos por la guerra ilegal de Irak; en cambio al progresista Obama, gracias a la propaganda de los grandes medios de comunicación, la sociedad le ha reclamado intervenciones militares «salvadoras». Contra Bush nos habríamos puesto en estado de alerta ante la negociación secreta del Tratado de Libre Comercio (TTIP), que da carta blanca a las grandes empresas multinacionales y las blinda contra las leyes europeas que protegen la salud y el medio ambiente. Pero el progresista Obama nos tenía confiados, hasta que Greenpeace ha filtrado la letra pequeña del Tratado y ha estallado el escándalo.

En definitiva, el representante del Imperio global puede tener una cara amable u otra asquerosa, pero sus maquinaciones para imponer gobernantes dóciles a sus intereses continuarán.

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