"Lo que más me disgusta es ver cómo el odio se ha generalizado"
 Sebastião Salgado (fotógrafo social)

Nazis, terroristas, golpistas, violentos, supremacistas, exacerbados, radicales, corruptos, criminales…, estos son algunos de los calificativos que políticos y autodenominados periodistas dedican a los independentistas catalanes. Pero, entre ellos, los políticos llamados constitucionalistas tampoco se tiran piropos: podredumbre, barrizal, vergüenza, descomposición, degradación, chantaje, dimisión…, son algunas de las expresiones que hemos podido escuchar últimamente en las Cortes españolas.

La escalada verbal de la política española no tiene fin. Escuchar la crónica política de los noticiarios, con las declaraciones de los políticos noveles, provoca taquicardia. Seguir un mal llamado debate parlamentario es enervante. Casado, Rivera, Arrimadas, con las respectivas segundas líneas, rivalizan sobre quién la dice más grande, con una desvergüenza absoluta que asusta. Las mentiras, cada vez más inverosímiles, se dicen con total impunidad. La semana pasada Cantón, de Ciudadanos, desde la tribuna del Congreso, afirmó que el castellano había desaparecido de Cataluña, de Valencia y de las Islas Baleares. El flamante nuevo fichaje de Ciudadanos, el exministro francés Manuel Valls, desembarcó como candidato a la alcaldía de Barcelona afirmando que muchos de barceloneses tienen dificultades para expresarse en castellano. Pero quien ha ganado el premio gordo entre los dos gatillos histriónicos de las derechas ha sido Pablo Casado, quien, para acusar de debilidad al presidente del Gobierno declaró que «no se puede dialogar con una pistola sobre la mesa», equiparando así el soberanismo catalán con el terrorismo de ETA. Cuando el entrevistador le recordó que el soberanismo catalán no era violento respondió que «era una forma de hablar».

De esto, de la manera de hablar entre los políticos y entre los «informadores» políticos en España; de la falta absoluta de respeto hacia el adversario político; del insulto como argumento; de la mentira para justificar determinadas acciones políticas; del griterío que impide escuchar los razonamientos del otro y de la banalización de ideologías perversas como el nazismo, el machismo, la homofobia, el racismo…

Una manera de hablar que no es nada fortuita, sino perfectamente calculada para desviar la atención de unos temas y concentrarla en otros. Una manera de hablar que sirve a los mediocres para tapar sus limitaciones y la falta de propuestas políticas. Una manera de hablar que, incluso, ya ha contaminado el chat oficial del Consejo General del Poder Judicial, dejando en evidencia a los que se autoinvalidan para ejercer la sagrada tarea de impartir Justicia, pero también a los miles de jueces que callan ante los insultos a unas personas que están bajo investigación judicial.

No, esta manera de hablar no es nada inocente, porque ha justificado que, hasta ahora, nueve personas estén en prisión preventiva sin juicio, desde hace nueve meses, gracias a una manera de hablar que transforma manifestaciones pacíficas en «tumultos». Pero, lo más grave de todo es que esta manera de hablar esparce crispación y odio, hasta que se transforma en una manera de obrar. Una manera de obrar que no busca la Justicia, sino la venganza. Una manera de obrar que azuza a los servidores públicos armados contra la población indefensa con el grito de a por ellos!

Estos jóvenes políticos, el nuevo joven monarca, se llenan la boca de democracia. Pero han olvidado que la democracia comienza por la manera de hablar.

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