SUPER OMNIA CARITAS

Hay también en nuestro querido Rwanda, como en muchos otros países del mundo, diversos grupos sociales. La distinción de estos grupos sociales proviene en gran parte de la raza, pero también de otros factores como la fortuna, el protagonismo político o la religión. Hay africanos, europeos y asiáticos. Entre los africanos hay batutsi, bahutu y batwa: hay ricos y pobres; hay ganaderos y agricultores; hay comerciantes y artesanos; hay católicos, protestantes, hindúes y musulmanes, como hay todavía muchos paganos; hay gobernantes y gobernados. Por el momento, el problema está especialmente agitado a propósito de las diferencias de razas entre ruandeses.

Esta diversidad de grupos sociales y sobre todo de razas corre el peligro de degenerar entre nosotros en divisiones funestas para todos. Queridos cristianos de Rwanda, hacemos un llamamiento a vuestro sentido común y estamos seguros que nuestro llamamiento, inspirado únicamente por el amor que tenemos a todos y cada uno de nuestros hijos, sea cualquiera el grupo al que pertenezcan, encontrará un eco fiel y generoso en vuestros corazones de cristianos. No obstante, deseamos iluminaros sobre este tema, ya que comienzan a extenderse en el país toda clase de ideas, muchas de las cuales no son conformes con la enseñanza de la Iglesia.

  • Constatemos en primer lugar que en Rwanda hay realmente varias razas bastante claramente caracterizadas, aunque han existido entre ellas uniones que no siempre permiten decir a qué raza pertenece tal individuo. Esta diversidad de razas en un mismo país es un hecho normal, contra el que, por otra parte, nada podemos hacer. Somos herederos de un pasado que no dependía de nosotros. Así pues, aceptemos ser de varias razas que estamos juntos y tratemos de comprendernos y amarnos como hermanos de un mismo país.

  • Todas las razas son igualmente respetables y dignas ante Dios. Cada raza tiene sus cualidades y defectos. Por otra parte, nadie puede elegir nacer en un grupo más que en otro. En consecuencia, es injusto y contrario a la caridad reprochar a alguien el pertenecer a tal o tal raza, y menos, despreciarlo a causa de su raza. Incluso la solución natural es que gentes pertenecientes a razas diferentes se entiendan y vivan en armonía, sobre todo si por avatares de la historia cohabitan sobre el mismo territorio.

  • Desde el punto de vista cristiano, no obstante, las diferencias raciales deben fundirse en la unidad más elevada de la Comunión de los Santos. Los cristianos, sea cual sea la raza a la que pertenezcan, son algo más que hermanos entre ellos: pertenecen a la vida misma de Cristo Jesús y tienen un mismo Padre que está en los cielos. El que, rezando el Padre Nuestro, excluyera de su afecto a un hombre de otra raza, ése, no invocaría al Padre y no sería escuchado. No hay una Iglesia para cada raza, no hay más que una Iglesia católica en la que, como dice el Apóstol San Pablo, «no hay ni judío ni griego, ni esclavo ni hombre libre…ya que todos vosotros no formáis más que uno en Cristo Jesús» (Gal.3,28). Así pues, la Iglesia no es más para una raza que para otra, la Iglesia es para todas las razas a las que abraza con amor igual y con igual entrega.

  • En nuestro Rwanda, las diferencias y las desigualdades sociales están ligadas en gran parte a las diferencias raciales, en el sentido en que las riquezas de una parte y el poder político e incluso judicial por otra, están en realidad en considerable proporción entre las manos de personas de una misma raza. Este estado de cosas es la herencia de un pasado que nos toca juzgar. Pero, es evidente que esta situación de hecho ya no responde a las normas de una organización sana de la sociedad ruandesa y plantea a los responsables de la cosa pública problemas delicados e ineludibles. En cuanto Obispo, representante de la Iglesia cuya función es sobrenatural, no nos corresponde dar ni proponer soluciones de orden técnico a estos problemas, pero nos corresponde recordar a todos, autoridades o promotores de los movimientos políticos que deberán encontrarlas, la ley divina de la justicia y de la caridad sociales.

  • Esta ley pide que las instituciones de un país sean de tal modo que garanticen realmente a todos sus habitantes y a todos los grupos sociales legítimos, los mismos derechos fundamentales y las mismas posibilidades de ascenso humano y de participación en los asuntos públicos. Instituciones que consagrarían un régimen de privilegios, de favoritismo, de proteccionismo, sea para individuos, sea para grupos sociales, no serían conformes con la moral cristiana.

  • La moral cristiana pide también que las funciones públicas sean confiadas a hombres capaces e íntegros, preocupados ante todo del Bien de la Comunidad, de la que son mandatarios. Sería contrario a la justicia y caridad sociales confiar a alguien una responsabilidad pública en consideración a su raza o fortuna, o por amistad, sin tener en cuenta ante todo sus capacidades y sus virtudes.

  • La moral cristiana pide a la autoridad que esté al servicio de toda la comunidad y no sólo de un grupo, y que se dedique con especial entrega y por todos los medios a la emancipación y desarrollo de la masa de la población.

  • La Iglesia está contra la lucha de clases, esté en el origen de esas clases la riqueza, la raza u otro factor cualquiera, pero admite que una clase social luche por sus intereses legítimos por medios honestos, por ejemplo formando asociaciones. El odio, el desprecio, el espíritu de división y de desunión, la mentira y la calumnia, son medios de lucha deshonestos y severamente condenados por Dios. No escuchéis, queridos cristianos, a quienes, bajo el pretexto del amor por el grupo, predican el odio y el desprecio de otros grupos.

  • Para que sean legítimas, las agrupaciones sociales no solo deben perseguir, por medios honestos, su propio bien y el de sus miembros, sino que también deben tender hacia la unión con las otras clases y subordinar la persecución de su bien particular al Bien Común del país entero. Este Bien Común, en efecto, no puede consistir finalmente en el mantenimiento de una lucha, sino en una real y fraterna colaboración, concretada en un reparto más justo y caritativo de los bienes, de los cargos y funciones. Los católicos, principalmente los responsables de la cosa pública y los que están a la cabeza de las asociaciones sociales deberían reunirse y pensar juntos los problemas que se plantean al país, para encontrar soluciones válidas para todos e inspiradas en la doctrina social de la Iglesia.

  • Queremos citar de nuevo aquella sentencia de un sabio: «Quid leges sine moribus?, ¿para qué las leyes sin las costumbres?» Las leyes, las instituciones, las reformas sociales o políticas no obtendrán los resultados esperados si no son apoyadas por una reforma de las costumbres y hábitos, por un esfuerzo generoso de virtud.

  • Ningún orden social sólido, ninguna verdadera civilización humana puede construirse sin la sumisión franca y cordial a la ley de Diós, precisada en el Evangelio y predicada sin cesar por la Iglesia y su Magisterio vivo.

  • Por fin, hacemos un llamamiento a todos los hombres de buena voluntad y en particular a nuestros cristianos y catecúmenos, sea cual sea el grupo al que pertenezcan, no sólo para que escuchen estas enseñanzas y reflexionen sobre ellas, sino también para que las pongan en práctica valientemente en sus vidas y trabajen para que se trasladen a la Comunidad de la que son miembros.