Siempre que veo imágenes de júbilo desatado celebrando el final de una guerra, por ejemplo, no puedo evitar pensar en los miles o millones de víctimas y en sus familiares. Lo mismo me pasa al vivir los aplausos a los sanitarios de las ocho de la noche o al oír las sirenas y la música estridente de los coches policiales que se suman a las muestras de solidaridad. Y es que, tal vez, la humanidad necesita protegerse mentalmente de la muerte y del dolor. La vida continúa. Y así debe ser, sin querer decir que nos olvidemos de los que nos han dejado.

Sin embargo, lo que reprocho a este virus fatal, por mucho que no tenga ni corazón ni alma, es su extrema crueldad. Entiendo que se cebe con los más viejos o con los más débiles (que ya padecían patologías crónicas, dicen). Supongo que esta es la función que le ha encargado la naturaleza al virus: ejecutar la selección natural darwiniana por la que sólo sobreviven los más fuertes. Pero, ¿matar de esta manera tan despiadada? Obligándolos a morir en la soledad de una unidad de cuidados intensivos sin la presencia de ningún ser querido que les apriete la mano. Y aún suerte de la empatía que están demostrando los profesionales de la sanidad que acompañan a los enfermos en su sufrimiento.

¡Y eso no es todo! Lo que no le puedo perdonar a este monstruo invisible es la utilización de los niños para transmitir la enfermedad, tal como si fueran minas humanas, emboscadas para propagar enfermedad y muerte. Con su inocencia, el abrazo del niño a los abuelos podría resultar fatal. Debereis perdonar mi egoísmo, pero esta es la parte más dura del confinamiento para la población de mayor riesgo: los abuelos. Acostumbrados a compartir tantas horas de la vida con estas criaturas entrañables, celebrando sus primeros pasos o las primeras palabras, sufriendo por una subida repentina de fiebre, dando un suspiro de alivio al conseguir que se duerman y celebrando alegres su despertar… Testigos de su aprendizaje diario y devueltos a la infancia por su deseo infinito de jugar, ahora, los abuelos, debemos conformarnos con las fotografías, los vídeos y las videoconferencias que, posiblemente, evitarán que caigamos en el olvido, confiando que un día volveremos a disfrutar de sus gritos ensordecedores, de los saltos sobre el sofá, de la tiranía de los dibujos animados y de la comida esparcida por el suelo. ¡Qué no pagaríamos ahora por disfrutar de estos daños colaterales!

Con tantas horas de confinamiento, mientras revivimos fotografías, nos es inevitable pensar cómo será su mundo en un futuro cuando nosotros ya no estaremos. ¿Seguirá habiendo especuladores carroñeros que aprovechen los momentos de desgracia de la humanidad para enriquecerse? ¿Aún existirán políticos sin escrúpulos que desencadenarán el miedo para propagar su ideología autoritaria? ¿Se habrán convertido todos en soldados disciplinados y sumisos, como querrían los altivos uniformados condecorados, o en lugar de soldados habrá maestros y sanitarios, UCIs en lugar de tanques, hospitales en lugar de aviones de guerra, teatros en lugar de destructores?

Dicen que el mundo después del coronavirus será diferente del actual: ¿en qué sentido? Nadie lo sabe. Por un lado, hemos visto aflorar lo mejor de la humanidad: amor, solidaridad, entrega, lucha, amistad… Pero también, los abuelos, vemos asomar otro virus aún más peligroso, más cruel, que ya lo habíamos conocido en nuestra juventud: el fascismo. Lo veréis renacer en forma de machismo, de racismo, de anticatalanismo, de xenofobia, de corrupción… Pero, seguro que nuestros nietos también lo sabrán derrotar.


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