Dicen que no es el momento de criticar la gestión de la pandemia del coronavirus que han hecho las administraciones públicas, que ya habrá tiempo para las acusaciones cuando hayamos superado esta terrible crisis, que ahora no es el momento de los reproches políticos… No tendria nada que decir si no fuera porque las altas instituciones del Estado han hecho mucha política, y no precisamente de la más noble, sino de aquella que le ha dado tan mala fama. Y, lo más grave es que la utilización política que han hecho del coronavirus quizás habrá sido la causante de buena parte de las muchísimas muertes que a estas alturas ya se han producido.

De entrada, sorprendió que la primera medida que tomó el presidente Sánchez fuera la centralización absoluta de la gestión de la pandemia, sin anunciar ninguna otra medida inmediata. Sobre todo, porque hace muchos años que la gestión de la sanidad está transferida a las comunidades autónomas, que son las que administran la atención primaria y los hospitales públicos. Se hubiera entendido que el Gobierno asumiera la coordinación general, consensuando las decisiones entre todas las comunidades, facilitando y supervisando la adquisición de material clínico, intercambiando experiencias, promoviendo intercambios de recursos hacia los territorios más necesitados, dando cobertura jurídica a las decisiones tomadas en el ámbito de sus competencias… Pero nada de eso hizo, simplemente, asumió el control absoluto, en aplicación de la ideología neocentralista que propugna que las autonomías son ineficaces frente a un Estado que sabe responder ante los grandes retos políticos. El resultado es que se perdieron unos días vitales para adquirir los equipamientos más imprescindibles para combatir la enfermedad. Sin embargo, comunidades presididas por el PSOE, como Valencia, han optado por comprar directamente material en China, porque lo que tenía que distribuir el Gobierno no llegaba.

Una prueba más de la utilización política que el Gobierno ha querido hacer de la pandemia es la campaña publicitaria lanzada justo después de aprobar el estado de alerta. Mientras las comunidades autónomas hacían campañas didácticas aconsejando el confinamiento de la población, la limpieza personal y qué hacer en caso de tener síntomas de la enfermedad; el Gobierno publicó un anuncio en todas las portadas de los grandes diarios estatales con el eslogan «Este virus lo paramos unidos». El mensaje subliminal de «Este virus» en amarillo, apelando a la unidad es tan evidente como torpe. Así como la militarización de la lucha contra la epidemia. La presencia de cuatro militares (y sólo dos civiles) en las ruedas de prensa diarias del Comité técnico resulta estridente, así como la verborrea bélica empleada.

Finalmente, hay que hacer una mención a la Monarquía. El rey Felipe esperó el momento propicio para anunciar la «renuncia» a la herencia de su padre de una cuenta en un banco suizo. Los siete minutos del discurso televisado para alentar a la población en estos días tan dramáticos sonaron más vacíos y sin sentimiento que nunca. Y qué horror, en momentos que los profesionales de la sanidad pública arriesgan sus vidas por la falta de equipamientos de seguridad, enterarse del enriquecimiento personal del Rey viejo, viciado durante años por una prensa que le toleró todo –todavía lo encubre– y por unos partidos políticos que lo siguen protegiendo impidiendo que se investigue la procedencia de su fortuna y que se le confisque todo aquello de procedencia ilícita.

Dicen que el Pueblo no tiene memoria. Pero hay cosas que serán difíciles de olvidar. No las deberíamos olvidar.



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