Los hallazgos más interesantes y más importantes de mi vida los he hecho en los libros. El Descubrimiento de América es muy poco comparado con lo que yo he descubierto en los manuscritos y en la letra impresa. Cristóbal Colón, antes de embarcarse hacia las Indias debía haber consultado muchos libros de literatura, de astronomía, de náutica y de geografía. Sin estas lecturas no habría sospechado que América existía.

El mayor descubrimiento que yo he hecho con mis insistentes lecturas es que Dios existe. Ya conocéis mi alegre y apasionada adicción a los cuatro Evangelios y al Nuevo Testamento. En este pequeño libro, escrito hace casi 2000 años, descubrí mi razón de ser. Históricamente y literariamente, este libro tiene un valor personal incalculable para aquellos que lo saben leer, interpretar y meditar. Más que nada, para aquellos que lo saben interpretar. Tanto, tanto y tanto valor, que ha inspirado millones más de libros. El Nuevo Testamento ha sido, de hecho, la inspiración de la mayoría de los libros escritos y publicados estos veinte últimos siglos. Incluso, a menudo he sospechado que algunos de los más grandes clásicos griegos y latinos, escritos antes de Cristo, también se inspiraron en el Nuevo Testamento, aunque este no existiera. La Literatura, como la Vida, es un todo absoluto desde que el mundo es mundo, desde el principio al fin, desde el infinito al infinito. Esto es lo que pienso. Esto es lo que me proporciona la paz eterna. Alguna vez he manifestado, verbalmente y también por escrito, que para mí no hay más eternidad que el presente. Un presente, sin embargo, que no se acaba ni se acabará nunca. Esto que acabo de decir también lo he encontrado en los libros y me lo he creído. La fe hace verdaderos milagros. Desde muy pequeño, ya en mis primeras lecturas, descubrí que los libros me abrían el apetito y la mente. ¡Ya me diréis, «La isla del tesoro», «Gulliver», «Robinson Crusoe», «Moby Dick», «Alicia en el País de las Maravillas»! ¡Esto sí que son hallazgos! Es cierto que yo no era consciente de estos descubrimientos, llenos de felicidad y de magia, pero se ve que no me pasaban desapercibidos por completo.

Me pasó lo mismo con el Nuevo Testamento. Yo no tenía conciencia de la riqueza que estaba adquiriendo y leyendo, pero de alguna manera se incorporaba a mi experiencia vital. Este libro era, asimismo, otro gran libro de aventuras con un valor excepcional. Único. ¿Quién podía ser el creador mágico de esta historia? ¿Quién había tenido la feliz idea de escribirla? Lo que parecía incuestionable era que tenía cuatro autores, y era por eso mismo que mucha gente lo conocía por los cuatro evangelios. Lo más sorprendente era que los cuatro evangelistas narraban lo mismo: las palabras y los hechos de Jesús de Nazaret, con quien, personal o indirectamente, habían convivido y conocido, y del que eran contemporáneos y, al menos dos de ellos, habían llorado y reído con él. Era casi una biografía escrita a ocho manos. Algunos detalles diferían entre los cuatro relatos, pero la trama, el argumento y el más que esencial mensaje, coincidían. Los cuatro relatos evangélicos confluyen en un final apoteósico y deslumbrante. Es raro que un libro de estas características, con palabras y hechos tan trascendentes y escritos por cuatro autores donde ninguno de ellos conocía el proyecto de los otros tres, coincidieran, pese a que se escribieran en espacios y tiempos no coincidentes, para contar las mismas cosas casi de la misma manera y con pocas diferencias de forma y de estilo, salvo el último, Juan, donde aunque el contenido sea idéntico, parece más inspirado, espiritual y poético. Más humano y divino a la vez.

En este libro, todo me indicaba, y me sigue indicando, que la existencia de Dios es real. Hablo de la existencia «real» vista desde mi punto de vista. ¿Qué es real y qué no? ¿Qué mejor hallazgo que este de la existencia de Dios podía hacer yo? Sólo un libro me lo podía proporcionar, como tantos otros libros me han proporcionado otros. Otra certeza indudable, igualmente relacionada con los libros y en el mismo sentido, en el sentido de que Dios existe, es la que me ha hecho disfrutar toda la vida de la lectura y de los libros. ¿De dónde me ha llegado este disfrute? ¿Quien lo ha generado y me lo ha hecho llegar? Dios no sólo existe, sino que me quiere incondicionalmente regalándome tanta historia, tanta filosofía, tanta literatura y tanto placer estético y sublime como he experimentado durante tantos años de vida. Tanta felicidad y bienaventuranza. ¡Bienaventurados y felices los que leen, porque ellos habitarán el reino del gozo y de la paz!

Los cuatro autores de este libro de aventuras tan maravilloso como es el Nuevo Testamento, supieron poner en boca del héroe protagonista unas palabras tan oportunas y convincentes que a mí me impactaron profundamente desde la primera lectura. Pero lo mejor era que estas palabras iban, casi siempre, acompañadas de hechos prodigiosos, como podía ser la curación de un enfermo, la resurrección de un muerto, la devolución del habla a un mudo o del oído a un sordo y apaciguaba los truenos y las tormentas. Insólito. Los que nos lo cuentan lo presenciaron en vivo. Más que un gran héroe con poderes extraordinarios, era un superhéroe que decía y hacía lo que a todos nosotros nos gustaría decir y hacer algún día. Porque, además, tenía la virtud de ser un hombre como nosotros. Caminaba, charlaba, se entretenía con los viejos y los jóvenes, visitaba los pueblos y las ciudades, comía y bebía como cualquiera de nosotros. Entonces, si era como cualquiera de nosotros, nosotros podemos ser como él. Confluían en su persona todos los elementos humanos y divinos. Yo no he leído ninguna obra literaria protagonizada por un personaje tan formidable y verosímil a la vez como la de Jesús. Porque esta es, quizás, la más grandiosa de sus características: su inmensa inocencia y su infinita confianza en sí mismo y en su Padre. Tal como dijo muchas veces, él y el Padre eran una sola cosa. Yo me lo creía y me lo creo, al igual que lo creen y se lo han creído multitudes de mujeres y de hombres durante dos mil años hasta el día de hoy. ¡Qué lectura más jovial, festiva y reconfortante! Más tónica y agradecida. Yo no paro de dar gracias por tanto éxtasis y deleite. Por tanta alegría y felicidad.

Cuando en los años sesenta del siglo pasado descubrí los populares superhéroes americanos como Superman y compañía, vi que ellos vivían por lo mismo que vivía Jesús en el Nuevo Testamento: por la verdad y la justicia. Por el bien de todos, por el bienestar de la gente, por los marginados, por los enfermos, los pobres y desvalidos. Vaya coincidencia. Sólo había una pequeña diferencia: que los supermanes eran de broma y Jesús era de veras. Sí, porque Superman y todos los que lo imitaban también luchaban «por el modelo americano» entonces, del momento. Jesús lo hacía «por los siglos de los siglos».

Fuente: dBalears

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