Ya está bien que la gente de la nación no entienda nuestro sistema bancario y monetario, ya que si lo hicieran, creo que habría una revolución antes de mañana por la mañana. (Henry Ford)

Dame el control de la oferta monetaria de una nación y no me importa quién haga sus leyes. (M. A. Rothschild)

El Banco de la Reserva Federal (o simplemente la Fed), está envuelto en una serie de mitos y misterios. Estos incluyen su nombre, su propiedad, su supuesta independencia de las influencias externas y su presunto compromiso con la estabilidad de los mercados, el crecimiento económico y el interés público.

El primer GRAN MITO, aceptado por la mayoría de la gente dentro y fuera de los Estados Unidos, es que la Fed es propiedad del Gobierno Federal, como implica su nombre: Banco de la Reserva Federal. En realidad, sin embargo, es una institución privada cuyos accionistas son los bancos comerciales; es el «banco de los banqueros». Al igual que otras corporaciones, se guía y está comprometida con los intereses de sus accionistas a pesar de la supervisión formal del Congreso.

La elección de la palabra «federal» en el nombre del banco, por lo tanto, parece deliberadamente inapropiada, diseñada para crear la impresión de que es una entidad pública. De hecho, la tergiversación de su propiedad no es sólo por inferencia o impresión creada por su nombre. Más importante aún, también está oficial y explícitamente declarado en su página web: «El Sistema de la Reserva Federal cumple con su misión pública como una entidad independiente dentro del gobierno. No es propiedad de nadie y no es una institución privada con fines de lucro»[1].

Para desenmascarar esta tergiversación descarada, el fallecido congresista Louis McFadden, Presidente del Comité de la Cámara de Servicios Financieros en la década de 1930, describe la Fed con las siguientes palabras:

Algunas personas piensan que los Bancos de la Reserva Federal son instituciones del gobierno de los Estados Unidos. Son monopolios privados que se aprovechan de la gente de Estados Unidos en beneficio de ellos mismos y sus clientes extranjeros; especuladores y estafadores extranjeros y nacionales; y ricos y depredadores prestamistas de dinero.

El hecho de que la Reserva Federal se ha comprometido, en primer lugar, con los intereses de sus accionistas, los bancos comerciales, explica por qué sus políticas monetarias están dirigidas cada vez más a los beneficios de la industria bancaria y, en general, a la oligarquía financiera. Extensas desregulaciones que llevaron a la crisis financiera de 2008, los rescates bancarios escandalosos en respuesta a la crisis, la lluvia continua hacia las instituciones financieras «demasiado grandes para quebrar» con dinero sin intereses, el hecho de no imponer restricciones efectivas sobre estas instituciones después de la crisis, los recortes neoliberales brutales en programas de protección social con el fin de pagar por las pérdidas en el juego de las altas finanzas, y otras políticas de austeridad igualmente crueles, todo se remonta al poder político y económico de la oligarquía financiera, ejercido en gran medida a través de políticas monetarias de la Reserva Federal.

También explica por qué muchos de los políticos estadounidenses anteriores se resistieron a confiar en los bancos privados con fines de lucro la misión fundamental de la oferta monetaria y la creación de crédito:

El [privado] Banco Central es una institución de la más mortal hostilidad que existe contra los principios y forma de nuestra Constitución… Si el pueblo americano permite a los bancos privados que controlen la emisión de su moneda…, los bancos y corporaciones que crecerán alrededor de ellos privarán al pueblo de toda su propiedad hasta que sus hijos se despertarán sin casa en el continente que sus padres conquistaron (Thomas Jefferson, tercer presidente de Estados Unidos).

En 1836, Andrew Jackson abolió el Banco de los Estados Unidos, argumentando que ejercía una influencia indebida y poco saludable en el curso de la economía nacional. Desde entonces y hasta 1913, los Estados Unidos no permitieron la formación de un banco central privado. Durante ese período de casi tres cuartos de siglo, las políticas monetarias se llevaron a cabo, más o menos, de acuerdo con la Constitución de Estados Unidos: Sólo el «Congreso tendrá facultades… de acuñar moneda, regular su valor» (artículo 1, sección 8, Constitución de los EEUU). No mucho antes de la creación del Banco de la Reserva Federal en 1913, el presidente William Taft (desde 1.909 hasta 1913) se comprometió a vetar cualquier legislación que incluyera la formación de un banco central privado.

Sin embargo, poco después que Woodrow Wilson sustituyera a William Taft como presidente, el Banco de la Reserva Federal fue fundado (23 de diciembre de 1913), centralizando así el poder de los bancos estadounidenses en una entidad de propiedad privada que controlara la tasa de interés, la oferta monetaria, la creación de crédito, la inflación y (con rodeos) el empleo. También podría prestar dinero al gobierno y ganar intereses, o una cuota de dinero que el gobierno podría crear de forma gratuita. Esto marcó el comienzo del inicio de la subida gradual de la deuda nacional, ya que el gobierno de ahora en adelante se basó más en los préstamos de los bancos que en autofinanciarse, como lo había hecho antes de conceder el poder de creación del dinero a la banca privada. Sin embargo, tres años después de la firma del Acta de la Reserva Federal por ley, Wilson es citado declarando:

Soy el hombre más infeliz. Sin saberlo, he arruinado a mi país. Una gran nación industrial está controlada por su sistema de crédito. Nuestro sistema de crédito está concentrado. El crecimiento de la nación, por lo tanto, y todas nuestras actividades están en manos de unos pocos hombres. Hemos llegado a ser uno de los países peor gobernados, uno de los gobiernos más controlados y dominados completamente en el mundo civilizado. Ya no es un gobierno de libre opinión, ya no es un gobierno por convicción y el voto de la mayoría, sino un gobierno por la opinión y la coacción de un pequeño grupo de hombres dominantes [2].

Mientras que muchos pensadores independientes y responsables políticos de tiempos pasados ​vieron el poder sin control de los bancos centrales privados como un vicio que no debe permitirse que interfiera con las políticas monetarias/económicas de una nación, la mayoría de economistas y políticos de hoy en día ven la independencia de los bancos centrales respecto a las personas y los órganos electivos del gobierno como una virtud!

Y aquí radica OTRO MITO que se ha creado en torno a la Fed: que es una entidad independiente, puramente tecnocrática o desinteresada de formulación de políticas que se dedica exclusivamente a los intereses nacionales, libre de todas las influencias externas. De hecho, en cada instituto o universidad una sección o capítulo en los libros de texto sobre macroeconomía, dinero y banca o finanzas está dedicado a las «ventajas» de la «independencia» de los bancos centrales privados para determinar el nivel «adecuado» de la oferta monetaria, la inflación o el volumen de crédito que una economía puede necesitar, siempre igualando la independencia respecto a las autoridades electas y los ciudadanos con la independencia en general. En realidad, sin embargo, la independencia del banco central significa la independencia respecto a las personas y los órganos electos de gobierno, no de los poderosos intereses financieros.

Independencia realmente ha llegado a significar un banco central que ha sido capturado por los intereses de Wall Street, unos intereses bancarios muy grandes. Puede que sea independiente de los políticos, pero no significa que sea un árbitro neutral. Durante la Gran Depresión y cuando se salía de ella, la Fed recibió las indicaciones del Congreso. A lo largo de toda la década de 1940, la Reserva Federal en la práctica no era independiente. Recibió las órdenes de funcionamiento de la Casa Blanca y el Tesoro, y fue la década más exitosa en la historia económica de América [3].

Otro GRAN MITO asociado con la Fed es su supuesto compromiso con el interés nacional y/o público. Esta presunta misión está supuestamente cumplida a través de políticas monetarias que mitigarían las burbujas financieras, ajustarían el crédito o  la oferta de dinero a las necesidades comerciales y de fabricación, e inyectarían poder adquisitivo a la economía a través de la inversión a gran escala en proyectos de infraestructura, fomentando así la estabilidad del mercado y la expansión económica.

Tal era realmente el caso en el período inmediatamente posterior a la Gran Depresión y la Segunda Guerra Mundial cuando la Fed tuvo que seguir las directrices del Congreso, la Casa Blanca y el Departamento del Tesoro. A medida que el marco regulador de la política económica del New Deal restringió el papel de los bancos comerciales a la intermediación financiera entre ahorradores e inversores, el capital financiero se movió a la par con el capital industrial, ya que esencialmente engrasó las ruedas de la industria o la producción. Bajo esas circunstancias, cuando las instituciones financieras sirvieron en gran medida como conductos que agregaron y canalizaron el ahorro nacional a la inversión productiva, las burbujas financieras fueron raras, temporales y pequeñas.

No es así en la era del capital financiero. Liberados de las limitaciones reglamentarias del período inmediatamente posterior a la Segunda Guerra Mundial (que determinaron los tipos, cantidades y esferas de sus inversiones), el sector financiero se ha convertido efectivamente en un casino gigante. En consecuencia, la Fed ha convertido la política monetaria (desde los tiempos de Alan Greenspan) en un instrumento de mayor enriquecimiento de los ricos mediante la creación y la salvaguardia de las burbujas de precios de los activos. En otras palabras, la política monetaria de la Fed se ha convertido efectivamente en un medio de redistribución de abajo hacia arriba.

Esto no es especulación o teoría de la conspiración: los efectos redistributivos de las políticas de la Fed a favor de la oligarquía financiera están respaldados por hechos y cifras innegables. Por ejemplo, un reciente estudio realizado por el Pew Research Center sobre la distribución del ingreso/riqueza (publicado el 9 de diciembre de 2015) muestra que la polarización socioeconómica sistemática y creciente ha llevado a una fuerte caída en el número de estadounidenses de ingresos medios.

El estudio revela que, por primera vez, los hogares de ingresos medios ya no constituyen la mayoría de hogares de Estados Unidos: «Una vez en clara mayoría, los adultos en los hogares de ingresos medios en 2015 se igualaron en número con los de ingresos bajos y altos combinados». En concreto, mientras que los adultos en los hogares de ingresos medios constituían el 60,1% de la población total de adultos en 1971, ahora constituyen sólo el 49,9%.

Según el informe de Pew, el porcentaje de la renta nacional resultante para los hogares de ingresos medios se redujo de 62% en 1970 a 43% en 2014. En el mismo período de tiempo, la proporción de los ingresos que van a los hogares de ingresos altos aumentó del 29% al 49%.

Varios críticos han argumentado que, mediante sus delegados a la cabeza de la Reserva Federal y el Tesoro, la oligarquía financiera utiliza la crisis financiera de 2008 como una terapia de choque para transferir miles de millones de dólares de los contribuyentes a sus hondos bolsillos, con lo que agrava aún más la ya  desigual distribución de los recursos. El estudio de Pew confirma inequívocamente esta expropiación de recursos nacionales por las élites financieras. Esto demuestra que el ritmo de desigualdad creciente se ha acelerado tras la implosión del mercado en 2008, ya que los activos de reinflación desde entonces han ido casi exclusivamente a los intereses financieros oligárquicos.

La representación de la oligarquía financiera en el timón de la política económica ya no parece ser contraria a las burbujas desestabilizadoras que ayudan a crear. Ellos parecen creer (o esperan) que las probables perturbaciones por el estallido de una burbuja ¡podrían compensarse mediante la creación de otra burbuja! Así, después de la burbuja de las puntocom, vino la burbuja inmobiliaria; después de eso, la burbuja de los precios de la energía y los mercados emergentes, después de eso, la burbuja del mercado de bonos basura, y así sucesivamente. De la misma manera que la Fed vuelve a inflar una burbuja tras otra, también redistribuye sistemáticamente la riqueza y los ingresos de abajo hacia arriba.

Esta es una tendencia muy inquietante porque, aparte de las cuestiones de justicia social y inseguridad económica de las masas populares, la política de creación y  protección de burbujas de activos de forma regular también es insostenible a largo plazo. No importa cuánto tiempo o cuánto se pueden ampliar las burbujas financieras -como los impuestos y las rentas bajo el feudalismo- ya que en última instancia están limitadas por la cantidad de valores reales producidos en una economía.

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¿Hay solución a los estragos forjados en las economías/sociedades de los países capitalistas centrales por las necesidades de acumulación de capital financiero parasitario en gran medida fomentada o facilitada por los bancos centrales de propiedad privada de estos países?

Sí, en efecto, hay una solución. La solución es, en última instancia, política. Requiere diferentes directrices y/o políticas: la política de servir a los intereses de la inmensa mayoría de las personas, en lugar de una camarilla de oligarcas financieros.

El hecho de que los bancos comerciales con fines de lucro y otros intermediarios financieros son las principales fuentes de inestabilidad financiera apenas se discute. Es igualmente conocido que, debido a su influencia económica y política, los poderosos intereses financieros subvierten fácilmente las regulaciones del gobierno, con lo que se reproduce de forma periódica la inestabilidad financiera y la turbulencia económica. Por el contrario, los bancos del sector público pueden tranquilizar más a los depositantes de la seguridad de sus ahorros, así como ayudar directamente esos ahorros hacia la asignación de créditos socialmente beneficiosos y la inversión productiva.

Por lo tanto, poner fin a las crisis recurrentes de los mercados financieros requiere la colocación de los intermediarios financieros desestabilizadores bajo propiedad pública y control democrático. Es lógico que la autoridad pública, no privada, deba administrar el dinero de la gente y sus ahorros o excedentes económicos. Como el difunto economista alemán Rudolf Hilferding argumentaba hace mucho tiempo, el sistema de centralización de los ahorros de la gente y puesta a disposición en los bancos privados con fines de lucro es una especie perversa del socialismo, es decir, el socialismo a favor de unos pocos:

En este sentido, un sistema de crédito plenamente desarrollado es la antítesis del capitalismo, y representa la organización y el control frente a la anarquía. Tiene su origen en el socialismo, pero se ha adaptado a la sociedad capitalista; es una especie fraudulenta del socialismo, modificado para adaptarse a las necesidades del capitalismo. Se socializa el dinero de otros para su uso por unos pocos [4].

Hay razones de peso no solamente por los grados más altos de fiabilidad, sino también por niveles más altos de eficacia del sistema bancario y de crédito del sector público en comparación con la banca privada, tanto por razones conceptuales como empíricas. Las cajas de ahorro vecinales del siglo XIX, las cooperativas de crédito y las asociaciones de ahorro y préstamo en los Estados Unidos, las compañías Jusen en Japón, los bancos de ahorro fiduciarios en el Reino Unido y el Banco de la Commonwealth de Australia, todos sirvieron bien para la vivienda y otras necesidades de crédito de sus comunidades. Tal vez un ejemplo más interesante e instructivo es el caso del Banco de Dakota del Norte, que sigue siendo propiedad del Estado durante casi un siglo, ampliamente acreditado por el superávit presupuestario del estado y su robusta economía en medio de los problemas económicos angustiosos en muchos otros estados.

La idea de que el sector bancario, el ahorro nacional y la asignación de crédito estén bajo supervisión o control público no es necesariamente socialista o ideológica. De la misma manera que se proporcionan muchos servicios de infraestructura como carreteras públicas, sistemas escolares y centros de salud que operan como servicios públicos esenciales, también se pueden ofrecer servicios financieros y de crédito bajo un modelo de utilidad pública básica para las transacciones comerciales diarias y los proyectos industriales a largo plazo.

La prestación de servicios financieros y/o líneas de crédito según el modelo de los servicios públicos permitiría disminuir los costos financieros a los productores y consumidores. Hoy en día, entre el 35 y el 40% de todo el gasto del consumidor es apropiado por el sector financiero: los bancos, compañías de seguros, los prestamistas no bancarios/financieros, los tenedores de bonos, y similares [5]. Al liberar a los consumidores y productores de lo que propiamente se puede llamar la sobrecarga financiera, o alquiler, de forma similar al arrendamiento de la tierra bajo el feudalismo, la opción pública del crédito y/o del sistema bancario puede revivir a muchas economías estancadas que están deprimidas bajo la abrumadora carga de obligaciones interminables destinadas a la deuda.

Referencias

[1] “¿Quién posee la Reserva Federal?” <http://www.federalreserve.gov/faqs/about_14986.htm>.

[2] Esta declaración del presidente Wilson es citada en numerosos lugares. Varios comentaristas han argumentado que algunas de las palabras condenatorias utilizadas en esta declaración muy citada no son propiamente de Wilson o están sacadas de contexto. Nadie niega, sin embargo, que independientemente de las palabras exactas utilizadas, tenía serias reservas acerca de la formación del Banco de la Reserva Federal, y la política equivocada de delegar la oferta monetaria de la nación y/o la política monetaria a una camarilla de banqueros privados.

[3]. Ellen Brown, «¿Cómo la Fed podría arreglar la economía, y por qué no lo ha hecho»?  <http://www.webofdebt.com/articles/fedfixeconomy.php>.

[4] El libro de Hilferding, Capital financiero: Un estudio de la última fase del desarrollo capitalista, ha pasado por una serie de impresiones/reimpresiones. Esta cita es del capítulo 10 de una versión en línea del libro, que está disponible en: <http://www.marxists.org/archive/hilferding/1910/finkap/ch10.htm>.

 [5]. Margrit Kennedy, Ocupar el dinero: creando una economía donde todos ganan, Gabriola Island, BC (Canadá): New Society Publishers, 2012.

Ismael Hossein-Zadeh es profesor emérito de economía (Universidad de Drake). Es autor de Más allá de las principales explicaciones de la crisis financiera (Routledge 2014), La política económica del militarismo estadounidense (Palgrave Macmillan, 2007), y El desarrollo soviético no capitalista: el caso de Nasser en Egipto (Praeger Publishers, 1989). También es un colaborador de  Desesperanza: Barack Obama y la política de la ilusión. 


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