¿Qué está pasando en nuestro Occidente libre, informado y democrático para que ni tan solo se pueda uno referir al abultado historial delictivo y mafioso de la gran farmacéutica Pfizer, con un impresionante currículo de grandes multas por cometer todo tipo de atropellos y delitos (incluido el de soborno a médicos y autoridades sanitarias), sin que te traten de conspiranóico y negacionista? ¿Cómo hemos podido llegar hasta esta situación?

El 10 de marzo abrí un ciclo de artículos sobre el Coronavirus con el titulado “Coronavirus: ¿estará nuestro mundo en manos de auténticos locos?” Con la llegada de las vacunas se cierra un periodo. Por mi parte, retornando a las andadas, lo cierro volviendo a mis análisis iniciales, reincidiendo tercamente con un título si cabe aún más duro que el primero. Sin duda más específico: ya no me refiero a “nuestro mundo” en general, sino a Occidente en particular; ya no uso el concepto de locura de un modo genérico y en gran medida figurado, sino el de psicopatía de un modo muy concreto y técnico.

Es posible que la doctrina oficial sobre esta pandemia, una doctrina que invade todos los rincones de nuestra vidas, no sea una farsa, como muchos la califican. Es también posible que no sea otra nueva farsa el agobiante bombardeo mediático que ha neutralizado cualquier duda sobre los posibles riesgos de unas vacunas autorizadas tras un plazo tan breve de tiempo sustituyéndola por la proclamación triunfal de una heroica e histórica victoria de la investigación occidental. Algunos les concedemos lo que ellos no nos conceden a nosotros: el beneficio de la duda.

Pero lo que a mí me preocupa no son las prisas, que según la doctrina oficial parecerían justificadas. Y que, en el caso de “nuestras” vacunas, serían posibles y explicables gracias a muchos avances previos en el campo de la genética. Lo que me preocupa es que todo, y en especial la decisión de optar con una urgencia extrema por la vacuna de Pfizer, apesta insoportablemente a intereses económicos, políticos e incluso geoestratégicos. He visto, incluso sufrido yo mismo, demasiadas conspiraciones en cuestiones muy serias e importantes, conspiraciones que la gran mayoría de gente ni son capaces de reconocer (¡conspiracionismo de cuatro locos!), como para creerme ahora, sin suspicacia alguna, lo que digan empresas como Pfizer, o los financieros y supermillonarios que están detrás de todo esto.

Se ha llegado hasta el punto de que aquellos que cuestionamos los cuantiosos acuerdos comerciales con una empresa delictiva y mafiosa somos casi una especie extraña, una especie de homo cavernícola que no es exactamente la del homo sapiens. Es inútil que uno intente argumentar que en América Latina ya se está aplicando la vacuna Sputnik V, incomparablemente más económica que aquella que nuestros avanzados y modélicos países atlantistas están comprando por cientos de millones de dosis con el dinero de todos aquellos autónomos y pequeños empresarios que, sin ingresos desde hace un año, siguen pagando los impuestos de siempre. Es inútil que uno afirme que, aunque solo sea por ética, no quiere que le inyecten la vacuna de Pfizer. O que, si en este momento estuviese en Argentina, por ejemplo, posiblemente se vacunaría con la Sputnik V. Es inútil insistir en que uno no rechaza por principio las vacunas. Es inútil que uno argumente que las manipulaciones del ARNm, como hace la de Pfizer, nos introducen en un mundo inexplorado y que, por tanto, por pura lógica, conllevan más riegos.

Es inútil sonreír cariñosamente y explicar todo esto a quienes se refieren a la Sputnik V de modo que pareciera que te puede inocular el virus del comunismo, los mismos que tratan de conspiranóicos a quienes tienen reticencias sobre las vacunas que manipulan el ARNm, como hace la de Pfizer. Además la Sputnik V es muy controvertida, dicen todas nuestras televisiones, conservadoras o “progresistas”, españolistas o independentistas, porque… ¡no ha sido aún autorizada por la Unión Europea! Como si de las empresas dependiese el autorizar o no a la competencia. ¡Qué pequeño, provinciano y agobiante es el mundo que nos presentan nuestros grandes medios!

Todo es inútil. Uno ya no sabe ni tan siquiera cómo suplicar algo bien elemental: ¡Concedednos por favor, generosamente, el derecho a la duda! Sobre todo frente al hecho de que las grandes farmacéuticas se hayan asegurado legalmente, de una manera tan descarada, que no se les pueda exigir ninguna responsabilidad cuando aparezcan los problemas que, paradójicamente, te aseguran que nunca aparecerán (¡si no han aparecido ya, seguro que no aparecerán nunca!, nos dicen). O que, si acaso aparecen, lo harán solo excepcionalmente. Permitidnos, por favor, el derecho a la duda. Aunque el Ministerio de la Verdad (¿o de la Propaganda?) se imponga ya en todo Occidente cada vez con más infalibilidad y autoridad (¿o autoritarismo?) marcándonos generosamente el Sublime Camino de la Salvación. Van sustituyendo así, ¡por fin!, con su Nuevo Orden Mundial basado en la Verdad Suprema, al dogmático y represor cristianismo que tanto detestan. A pesar de todas las recriminaciones del director general de Pfizer, algunos de quienes no nos fiamos de ellos, dudamos de su vacuna y nos resistimos a que se nos inyecte, no somos unos irresponsables casi criminales. Somos simples ciudadanos preocupados por tanto sufrimiento y por tanto olor a podredumbre.

 

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