Tras bastante tiempo sin ir al cine, la semana pasada fui a ver la película La gran apuesta. A pesar de que el guion tan solo se refiere de pasada a Alan Greenspan, presidente de la Reserva Federal durante los años en los que se planificó y gestó la burbuja inmobiliaria (representante oficial, por tanto, de la gran banca estadounidense, la responsable última de la actual “crisis”), es mucha la información que aporta sobre la génesis de dicha burbuja inmobiliaria y sobre cómo se llevó a cabo la enorme manipulación que postró a todo Occidente en el estado actual. Es lo que antes sucedió con otra gran película de temática parecida, Inside job. Hace ya casi cinco años escribí sobre ella en mi libro La hora de los grandes “filántropos”: 

“[…] el impresionante documental Inside job (Trabajo confidencial), de casi dos horas de duración, nos muestra cómo se desarrolló la crisis económica. En él no aparecen los responsables últimos de la crisis (es decir, los grandes propietarios de los bancos y entidades financieras) que están detrás de tantos ejecutivos, gerentes, calificadores de riesgo, consultores, cabilderos (expertos en influir y presionar en el ámbito político) y académicos corruptos que la hicieron posible, y que fueron gratificados con bonus y otros pagos exorbitantes antes, durante y después de ella. Quizá por eso, por respetar a los intocables, [Inside job] pudo ser premiado en este 2011 con el Oscar al mejor documental. Sin embargo es muy revelador sobre quiénes son estas gentes que han ejecutado día a día los pasos necesarios para la desregularización y la especulación, sobre cuál es su grado de corrupción y perversión, y en especial, sobre cómo siguen siendo ellos mismos quienes ejecutan la política económica de la Administración Obama. Concluye [la película] así:

Durante décadas el sistema financiero de EU fue seguro. Pero algo cambió. La industria financiera le dio la espalda a la sociedad, corrompió nuestro sistema político y hundió a la economía mundial en una crisis. A un coste enorme evitamos el desastre y nos estamos recuperando. Pero los responsables de la crisis siguen en el poder [con Barack Obama]. Y eso necesita cambiar. Ellos nos dirán que los necesitamos y que lo que hacen es demasiado complejo para que lo entendamos. Nos dirán que no volverá a suceder. Gastarán miles de millones combatiendo la reforma. No será fácil. Pero hay cosas por las que vale la pena pelear.”

La gran apuesta deja en evidencia la perversión de los creadores de una ingeniería financiera criminal (que, por su magnitud, no puede ser tan solo responsabilidad de algunos individuos), la arrogancia de tantos bróker y ejecutivos bancarios ignorantes (que despreciaron a quienes les aportaban unas importantes informaciones) o la complicidad bien consciente de los responsables de las agencias de calificación (que hasta minutos antes del gran derrumbe seguían calificando con una triple A unos productos hipotecarios que ellos sabían que eran tan solo basura). Son los mismos “ingenieros” financieros que, tal y como también denuncia la película en sus instantes finales, ya están maquinando la próxima jugada. Jugada que probablemente podrán llevar a cabo, ya que el Barak Obama que, como candidato, afirmaba que era necesario poner límites a Wall Street, no ha regulado absolutamente nada para impedir tales desmanes. Son las mismas agencias que tanto han contribuido a que la deuda soberana española haya llegado, en muy pocos años, al 100% de nuestro PIB. Son las mismas agencias que de nuevo nos amenazan por nuestra imperdonable “inestabilidad” política (aunque Bélgica estuvo 541 días sin gobierno y nada grave pasó).

Pero lo que personalmente más me ha impresionado de esta película son las historias particulares de la media docena de personas reales convertidas en protagonistas de ella. El director, Adam McKay, relata de manera magistral los sufrimientos personales, los desprecios, la soledad que estas personas tuvieron que soportar por el “crimen” de haber sido capaces de ver lo que el resto del mundo no quería ver, el “crimen” de haber cuestionado el “gran” sistema americano. Me impresionaron sus historias personales porque nos están indicando con meridiana claridad el camino que estarán obligados a seguir quienes no se conformen con acciones paliativas sino que se atrevan a tomar posiciones realmente desestabilizadoras de este sistema occidental. Un sistema que acabará con lo poco que aún queda en pie si los ciudadanos no acabamos pronto con él. Un sistema que ha entrado ya en su fase final: una enloquecida financiarización y un imperialismo de grandes crímenes contra la paz. La gran farsa financiera está llena de similitudes con la gran farsa militar “liberadora” que está arrasando tantos países. Otro día veremos como casi nadie se atreve a aceptar que las grandes ONG anglosajonas de derechos humanos están cumpliendo últimamente, en lo que se refiere a los crímenes de agresión imperialista, la misma función que cumplen las agencias de calificación en lo que respecta a la economía: blanquear tanta mentira.

Y también, y sobre todo, me impresionaron las historias de estos protagonistas (en especial la de Ben Hockett, interpretado por Brad Pitt) porque reafirman mi más profunda convicción, forjada desde las fuentes de la espiritualidad y la no violencia: la débil fuerza de la verdad, aparentemente incomparable al fuerte poder del dinero y de la corrupción, es como la escondida fuerza de un pequeño puñado de levadura que, poco a poco y sin que casi nos demos cuenta, llega a transformar una gran masa. En ese sorprendente fenómeno que llamamos conciencia (el más rico y complejo que se ha producido en el universo conocido) está latente, como en una minúscula semilla, una poderosa aspiración hacia una comprensión y una felicidad cada vez más plenas. Aspiración que, como le sucedió al personaje que encarna Brat Pitt, irá llevando a los seres humanos más allá del chato horizonte de la ambición y el poder. Algunos pocos individuos como él acabarán transformando, antes o después, a toda la masa. Aunque es la realidad misma, los hechos inapelables, la que acaba derrumbando tanta farsa y transformando a la sociedad. Pero siempre habrá individuos, marginados tantas veces, que actuarán como catalizadores de estos procesos.

Ambas imágenes, la del pequeño grano de mostaza que se convertirá en un gran árbol y la de la fuerza transformadora de la levadura, son sendas parábolas de Jesús de Nazaret. Son, por tanto, metáforas milenarias. Pero no conozco explicaciones científicas tan iluminadoras como ellas de aquella fuerza misteriosa que mahatma Gandhi llamaba satyagraha, la fuerza de la verdad. Tal fuerza reside en que solo lo que es puede permanecer. Sat, término sánscrito que significa ser, es la raíz del término satya, que a su vez significa verdad. El hecho de estar fundamentados sobre este mismo y sólido suelo es lo que permitió una sintonía tan estrecha entre el padre de la no violencia y Albert Einstein. Frente a la inconsistencia, la insensibilidad y la arrogancia de los actuales tecnócratas, los padres de la Física actual tenían una visión profundamente mística de la realidad, sentían un profundo respeto y una gran admiración hacia nuestro prodigioso universo y hacia el misterio fenómeno de la vida.

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