«Nuestro imperio global esclaviza un mayor número de personas que los romanos y todas las potencias coloniales que nos han precedido» (John Perkins)

En el libro «Confesiones de un gángster económico», publicado en 2004, John Perkins detalla las actividades que efectuó, durante años, al servicio de lo que él denomina «la corporatocracia» de los EEUU, que está formada por la administración, la banca y las corporaciones, y sus prácticas destinadas a «elaborar dictámenes financieros fraudulentos, elecciones amañadas, sobornos, extorsiones, trampas sexuales y asesinato. Y esto lo hacen canalizando el dinero del Banco Mundial, de la Agencia Internacional para el Desarrollo y otras organizaciones internacionales hacia las arcas de las grandes corporaciones y hacia los bolsillos de las familias ricas que controlan los recursos del planeta». Los gobernantes de los países con recursos naturales son engañados o sobornados para que permitan el pillaje de sus riquezas. Cuando algún gobernante no se dobla, intervienen los «chacales» y lo eliminan por métodos violentos. 

Es lo que pasó en Sudamérica, con los golpes de Estado provocados contra Allende y Chávez, o con los asesinatos de Jaime Roldós (presidente de Ecuador que plantó cara a las petroleras), o Omar Torrijos (presidente de Panamá, que quería controlar el Canal y sacar las bases militares norteamericanas), ambos muertos en un «accidente» de avión. Es lo que está ocurriendo en África desde hace décadas, especialmente en la Región de los Grandes Lagos, con el asesinato del presidente del Congo, dos de Burundi, de Ruanda… y el genocidio de millones de personas, cuyas sentencias de tribunales de Francia y de España culpan al actual presidente ruandés, Paul Kagame, protegido de los EEUU y de Gran Bretaña. Es el caso de Oriente Medio, donde sabemos que las guerras provocadas en Afganistán, Irak, Líbano, Libia, Siria… no responden a revoluciones democráticas, sino a actos terroristas provocados por mercenarios financiados por Estados Unidos, Gran Bretaña, Francia , Turquía, Arabia Saudita, Qatar…

Todo ello, hoy lo conocemos con certeza gracias a testimonios como el de Perkins; los papeles desclasificados de la Administración estadounidense; los cables de Wikileaks, que demuestran las presiones de los gobiernos occidentales sobre gobernantes y medios de comunicación. El último testigo es el de un personaje tan poco sospechoso como el abogado Robert Kennedy jr., sobrino del ex presidente, quien ha denunciado que la guerra contra Al-Assad está provocada por intereses del gas de Qatar.

Bueno, lo que sorprende de todo es que, a pesar de que todas estas informaciones son públicas, la práctica totalidad de los medios de comunicación occidentales, cuando informan de la guerra en Siria sólo informan de los muertos civiles provocados por el «régimen dictatorial de Al-Assad» o por los bombardeos rusos, mientras que varios grupos terroristas que han incendiado el país son calificados como la oposición siria. Así, diariamente, los noticiarios nos informan del éxodo de millones de refugiados sirios, que huyen de una guerra abstracta, sin analizar y denunciar las causas de este desastre humanitario. Y, medios independientes, se limitan a reproducir imágenes e informes facilitados por agencias de noticias internacionales, claramente manipulados para ocultar los poderosos intereses económicos y geopolíticos que han provocado tantas guerras. Con ello consiguen que nos sintamos avergonzados y, incluso, culpables ante tanto horror; pero no indignados y rebeldes para exigir responsabilidades a los culpables, dirigentes de un mundo no tan civilizado ni democrático.

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